viernes, 21 de marzo de 2014

Redondo

Durante la última entrega de los premios Óscar y mientras veía emocionado ganar a Alfonso Cuarón y a Emmanuel “El Chivo Lubezki”  recordé una anécdota que de alguna manera es la sombra de lo ocurrido en el Dolby Teather.  En 2007 se lanzó en DVD la película Redondo (Raúl Busteros, 1986). Cuando la vi en su estreno me encantó, y  no quise perderme tal acontecimiento.  Filme independiente de una irreverencia deliciosa, recibió 5 nominaciones  a los  Premios Ariel y  fue galardonada con el Ariel de Plata a la mejor Ópera Prima en 1987. Memorable la escena de la charla de María Magdalena (Diana Bracho) con Jesucristo, quien desde la cruz, le solicita una caricia erótica a cambio de decirle una máxima.

En el evento, después de los agradecimientos y las presentaciones de rigor, Busteros empezó a despotricar contra Alfonso Cuarón, Guillermo Del Toro y Alejandro González Iñarritú.  Decía que mientras él había decidido quedarse a trabajar en México, aquellos habían optado por hacer su obra en el extranjero, que su cine no era mexicano, etc. Yo esperaba el discurso de un artista satisfecho de su obra, que hablara de la importancia de su filme,  de la censura que lo tuvo alejado de la exhibición comercial y de los alcances que tendría el lanzamiento del DVD, etc. En vez de eso encontré a un hombre resentido, dolido con el éxito ajeno. Abandoné el lugar.

Cuarón, Iñárritu y Del Toro, se fueron de México. A Estados Unidos (aparte de por una mera cuestión geográfica), para aprovechar su talento. Porque allá el talento si vende. No hay burócratas resentidos ni colegas envidiosos que no soportan el éxito ajeno. Porque independientemente de su origen, el talento no tiene nacionalidad. En México, el talento se acomoda y se estanca  (y la mayoría de las veces se pierde) en, y por el oficialismo.

sábado, 15 de febrero de 2014

Javier y Fernanda

Javier Balderas Mireles es el nombre de mi hermano mayor  con quien compartí estancias, la familia disuelta, en un internado y en los pueblos donde nacieron mi madre y mi Papi: El Pueblito (Querétaro) e Ixtlahuaca (Hidalgo) respectivamente. Aventuras perdidas en  una dolorosa memoria. También compartimos unos años en la escuela primaria que estaba a espaldas de la Secretaria de la Defensa Nacional. El único recuerdo que guardo de allí, indeleble, es cuando en época de lluvias hacíamos al salir de clases, El Barquito de Papel (Joan Manuel Serrat dixit), y lo seguíamos en la corriente que bajaba por avenida Conscripto hasta periférico. En secundaria, que compartimos un año, me dio baje con mi novia Sandra. Pero bueno, yo era un chiquillo más ocupado en el futbol y el basquetbol que en las niñas y él, ojo verde y rulos, ya decantaba en hombre.

Fernanda Balderas Sánchez es mi hija, mi amor, mi nenita. Como muchos saben, su venida y la convivencia con ella, me hicieron recuperar a mi yo niño que estuvo perdido durante muchos años. La miro a ella y me veo yo cuando era niño. Fernanda, actriz nata,  siempre ha sido muy ocurrente y a pesar de lo que dijeran todos, incluida su madre, mi madre y la familia en general, siempre me ha parecido simpática y graciosa. Me ha arrancado sonrisas, risas y carcajadas. Como con la vez que, en el súper, nos encontramos de frente con un chavo rudo vistiendo una sudadera, brillitos incluidos, de Campanita el personaje de Peter Pan. Lo primero que dijo Fer fue  que el chavo nos diría: “denme todo lo que traen o les echo mi polvo de hadas…”  
Quizás, después de todo, Fernanda no sea tan graciosa. Quizás es sólo que la amo.

Recuerdo que cuando niño, era yo mi dado a hacer gestos, voces y a reírme como loco en la noche diciendo que se apoderaba de mi "El Ánima Risuda".  No recuerdo que mis ocurrencias le hicieran gracia a mi madre y a nadie en la familia, excepto a mi hermano  Javier.  Hoy quiero agradecer a mi hermano por reírse de mí y conmigo por "El Ánima Risuda" o por las "Trompetas Pichicatas" (de la canción Penny Lane de The Beatles), entre muchas otras ocasiones.
Quizás yo no era tan gracioso. Quizás era sólo que me amaba...

sábado, 1 de febrero de 2014

Super Bowl XLVIII

En el Super Bowl XLVIII no solo se enfrentarán los 2 equipos con la mejor marca de la temporada (ambos con 13-3) y la mejor ofensiva (Denver) contra la mejor defensiva (Seattle); se enfrentarán también las mejores organizaciones de la liga con un trabajo que incluye experiencia, visión, excelentes decisiones, y sobre todo coordinación y trabajo en equipo entre la oficina y el campo de juego. En Seattle, John Schneider y Pete Carroll, Gerente General y Head Coach respectivamente, y John Elway (Vicepresidente de Operaciones) y John Fox (Head Coach) en Denver.

Schneider llegó en enero de 2010 y  firmó al coach Pete Carroll, con quien trabaja estrechamente en las decisiones de firmar jugadores. Como Coach, Pete Carroll  construyó una potencia. Imprimió al equipo dinamismo y versatilidad con una defensiva agresiva y un contundente ataque terrestre.

Con una base de jugadores jóvenes y con un excelente reclutamiento en el Draft que incluye al esquinero  Richard Sherman y al quarterback Russell Wilson, llevaron a los Seahawks a jugar tres Playoffs en sus primeros cuatro años al frente del equipo y lo tienen disputando su segundo Super Bowl.
Del otro lado tenemos a John Elway, ya miembro del Salón de la Fama, y quien llegó a Denver en 2011 como Vicepresidente Deportivo. Sumamente competitivo como jugador (participó en cinco Super Bowl. Ganó dos), Elway tomo dos decisiones cruciales: la contratación en 2011 (un año después de la llegada de Pete Carroll a Seattle) de John Fox como Head Coach y su osada apuesta por  Peyton Manning quien venía de un año sin jugar después de varias cirugías en el cuello, al mismo tiempo que descartaba a Tim Tebow, de quien se esperaba mucho.
Firmó además al esquinero Champ Bailey y al receptor Wes Welker, de lo mejor de la liga en sus respectivas posiciones.

Como podemos ver, el trabajo desde ambas trincheras (escritorio y campo de juego) ha sido consistente, sostenido y progresivo rumbo al objetivo que persiguen año con año los equipos de la NFL: llegar al Súper Domingo.

Solo resta esperar que todo lo anterior se vea reflejado en un gran juego para deleite y emoción de quienes amamos y vivimos con pasión éste deporte.
Y que mis Steelers tengan la visión y la capacidad para iniciar la reconstrucción del equipo y verlos de nuevo disputando el Super Bowl en tres o cuatro años. Here we go Steelers, here we go!

Por último les dejo tres datos interesantes con respecto a los quarterbacks que disputarán el Super Bowl:

Peyton Manning será cuarto mariscal de campo en llegar a un Super Bowl después de ser el líder la en yardas aéreas y pases de anotación. Los tres anteriores --Dan Marino con Delfines, Kurt Warner con Carneros y Tom Brady con Patriotas-- perdieron en su aparición de Super Bowl.
También intentará ser el primer mariscal de campo en ganar un Super Bowl para dos equipos distintos.
Solo tres mariscales de campo han logrado ganar el Superbowl en su primero o segundo año: Kurt Warner con Carneros, Tom Brady con Patriotas y Ben Roethlisberger con Acereros. Russell Wilson buscará ser el cuarto en lograrlo.

miércoles, 18 de diciembre de 2013


Hoy quiero compartir un pasaje de El Amor en los Tiempos del Cólera, novela de Gabriel García Márquez, que me parece profundamente hermoso y de un humor delicioso.

...El doctor Urbino la encontró sentada frente al tocador, (a su esposa) bajo las aspas lentas del ventilador eléctrico, poniéndose el sombrero de campana con un adorno de violetas de fieltro. El dormitorio era amplio y radiante, con una cama inglesa protegida por un mosquitero de punto rosado, y dos ventanas abiertas hacia los árboles del patio por
donde se metía el estruendo de las chicharras aturdidas por presagios de lluvia. Desde el regreso del viaje de bodas, Fermina Daza escogía la ropa de su marido de acuerdo con el tiempo y la ocasión, y la ponía en orden sobre una silla desde la noche anterior para que la encontrara lista cuando saliera del baño. No recordaba desde cuándo empezó también a ayudarlo a vestirse, y por último a vestirlo, y era consciente de que al principio lo había hecho por amor, pero desde unos cinco años atrás tenía que hacerlo de todas maneras porque él no podía vestirse por sí solo. Acababan de celebrar las bodas de oro matrimoniales, y no sabían vivir ni un instante el uno sin el otro, o sin pensar el uno en el otro, y lo sabían cada vez menos a medida que se recrudecía la vejez. Ni él ni ella podían decir si esa servidumbre recíproca se fundaba en el amor o en la comodidad, pero nunca se lo habían preguntado con la mano en el corazón, porque ambos preferían desde siempre ignorar la respuesta. Ella había ido descubriendo poco a poco la incertidumbre de los pasos de su marido, sus trastornos de humor, las fisuras de su memoria, su costumbre reciente de sollozar dormido, pero no los identificó como los signos inequívocos del óxido final, sino como una vuelta feliz a la infancia. Por eso no lo trataba como a un anciano difícil sino como a un niño senil, y aquel engaño fue providencial para ambos porque los puso a salvo de la compasión.

Otra cosa bien distinta habría sido la vida para ambos, de haber sabido a tiempo que era más fácil sortear las grandes catástrofes matrimoniales que las miserias minúsculas de cada día. Pero si algo habían aprendido juntos era que la sabiduría nos llega cuando ya no sirve para nada. Fermina Daza había soportado de mal corazón, durante años, los amaneceres jubilosos del marido. Se aferraba a sus últimos hilos de sueño para no enfrentarse al fatalismo de una nueva mañana de presagios siniestros, mientras él despertaba con la inocencia de un recién nacido: cada nuevo día era un día más que se ganaba. Lo oía despertar con los gallos, y su primera señal de vida era una tos sin son ni ton que parecía a propósito para que también ella despertara. Lo oía rezongar, sólo por inquietarla, mientras buscaba a tientas las pantuflas que debían de estar junto a la cama. Lo oía abrirse paso hasta el baño tantaleando en la oscuridad. Al cabo de una hora en el estudio, cuando ella se había dormido de nuevo, lo oía regresar a vestirse todavía sin encender la luz. Alguna vez, en un juego de salón, le preguntaron cómo se  definía a sí mismo, y él había dicho: “Soy un hombre que se viste en las tinieblas”. Ella lo oía a sabiendas de que ninguno de aquellos ruidos era indispensable, y que él los hacía a propósito fingiendo lo contrario, así como ella estaba despierta fingiendo no estarlo. Los motivos de él eran ciertos: nunca la necesitaba tanto, viva y lúcida, como en esos minutos de zozobra.

No había nadie más elegante que ella para dormir, con un escorzo de danza y una mano sobre la frente, pero tampoco había nadie más feroz cuando le perturbaban la sensualidad de creerse dormida cuando ya no lo estaba. El doctor Urbino sabía que ella permanecía pendiente del menor ruido que él hiciera, y que inclusive se lo habría agradecido, para tener a quien echarle la culpa de despertarla a las cinco del amanecer. Tanto era así, que en las pocas ocasiones en que tenía que tantear en las tinieblas porque no encontraba las pantuflas en el lugar de siempre, ella decía de pronto con voz de entresueños: “Las dejaste anoche en el baño”. Enseguida, con la voz despierta de rabia, maldecía:

-La peor desgracia de esta casa es que no se puede dormir.

Entonces se volteaba en la cama, encendía la luz sin la menor clemencia consigo misma, feliz con su primera victoria del día. En el fondo era un juego de ambos, mítico y perverso, pero por lo mismo reconfortante: uno de los tantos placeres peligrosos del amor domesticado. Pero fue por uno de esos juegos triviales que los primeros treinta años de vida en común estuvieron a punto de acabarse porque un día cualquiera no hubo jabón en el baño.

Empezó con la simplicidad de rutina. El doctor Juvenal Urbino había regresado al dormitorio, en los tiempos en que todavía se bañaba sin ayuda, y empezó a vestirse sin encender la luz. Ella estaba como siempre a esa hora en su tibio estado fetal, los ojos cerrados, la respiración tenue, y ese brazo de danza sagrada sobre la cabeza. Pero estaba a medio sueño, como siempre, y él lo sabía. Al cabo de un largo rumor de almidones de linos en la oscuridad, el doctor Urbino habló consigo mismo:

-Hace como una semana que me estoy bañando sin jabón -dijo.

Entonces ella acabó de despertar, recordó, y se revolvió de rabia contra el mundo, porque en efecto había olvidado reponer el jabón en el baño. Había notado la falta tres días antes, cuando ya estaba debajo de la regadera y pensó reponerlo después, pero después lo olvidó hasta el día siguiente. Al tercer día le había ocurrido lo mismo. En realidad no había transcurrido una semana, como él decía para agravarle la culpa, pero sí tres días imperdonables, y la furia de sentirse sorprendida en falta acabó de sacarla de quicio. Como siempre, se defendió atacando:

-Pues yo me he bañado todos estos días -gritó fuera de sí- y siempre ha habido jabón.

Aunque él conocía de sobra sus métodos de guerra, esa vez no pudo soportarlos. Se fue a vivir con cualquier pretexto profesional en los cuartos de internos del Hospital de la Misericordia, y sólo aparecía en la casa para cambiarse de ropa al atardecer antes de las consultas a domicilio. Ella se iba para la cocina cuando lo oía llegar, fingiendo hacer cualquier cosa, y allí permanecía hasta sentir en la calle los pasos de los caballos del coche. Cada vez que trataron de resolver la discordia en los tres meses siguientes, lo único que lograron fue atizarla. Él no estaba dispuesto a volver mientras ella no admitiera que no había jabón en el baño, y ella no estaba dispuesta a recibirlo mientras él no reconociera haber mentido a conciencia para atormentarla.

El incidente, por supuesto, les dio oportunidad de evocar otros, muchos otros pleitos minúsculos de otros tantos amaneceres turbios. Unos resentimientos revolvieron los otros, reabrieron cicatrices antiguas, las volvieron heridas nuevas, y ambos se
asustaron con la comprobación desoladora de que en tantos años de lidia conyugal no habían hecho mucho más que pastorear rencores. Él llegó a proponer que se sometieran juntos a una confesión abierta, con el señor arzobispo si era preciso, para que fuera Dios quien decidiera como árbitro final si había o no había jabón en la jabonera del baño. Entonces ella, que tan buenos estribos tenía, los perdió con un grito histórico:

-¡A la mierda el señor arzobispo!

El improperio estremeció los cimientos de la ciudad, dio origen a consejas que no fue fácil desmentir, y quedó incorporado al habla popular con aires de zarzuela: “¡A la mierda el señor arzobispo!”. Consciente de que había rebasado la línea, ella se anticipó a la reacción que esperaba del esposo, y lo amenazó con mudarse sola a la antigua casa de su padre, que todavía era suya, aunque estaba alquilada para oficinas públicas. No era una bravata: quería irse de veras, sin importarle el escándalo social, y el marido se dio cuenta a tiempo. Él no tuvo valor para desafiar sus prejuicios: cedió. No en el sentido de admitir que había jabón en el baño, pues habría sido un agravio a la verdad, sino en el de seguir viviendo en la misma casa, pero en cuartos separados, y sin dirigirse la palabra. Así comían, sorteando la situación con tanta destreza que se mandaban recados con los hijos de un lado al otro de la mesa, sin que éstos se dieran cuenta de que no se hablaban. Como en el estudio no había baño, la fórmula resolvió el conflicto de los ruidos matinales, porque él entraba a bañarse después de haber preparado la clase, y tomaba precauciones reales para no despertar a la esposa. Muchas veces coincidían y se turnaban para cepillarse los dientes antes de dormir. Al cabo de cuatro meses, él se acostó a leer en la cama matrimonial mientras ella salía del baño, como ocurría a menudo, y se quedó dormido. Ella se acostó a su lado con bastante descuido para que despertara y se fuera. Él despertó a medias, en efecto, pero en vez de levantarse apagó la veladora y se acomodó en su almohada. Ella lo sacudió por el hombro para recordarle que debía irse al estudio, pero él se sentía tan bien otra vez en la cama de plumas de los bisabuelos, que prefirió capitular:

-Déjame aquí -dijo-. Sí había jabón...



El Amor en los Tiempos del Cólera
Gabriel García Márquez
RBA Editores
PP 41-45

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Alfonso Cuarón (Final)

Niños del Hombre

Después de una pausa Cuarón regresa a trabajar  con Emmanuel Lubezki como director de fotografía en esta adaptación de la novela de P. D. James, Children of Men.

Cinta futurista, plantea un mundo arrasado por guerras, terrorismo, contaminación y en el cual el ser humano ha perdido la capacidad de procrear. La única esperanza es una joven negra embarazada quien es disputada por dos grupos, uno que la protege por considerarla la nueva esperanza de la humanidad y otro que quiere utilizarla como arma política.

Destaca la atmósfera opresiva, la fotografía cámara en mano y la referencia cultural-religiosa a México cuando colocan en la cabeza del cadáver de Julian (Julianne Moore) una medalla con la imagen de la virgen de Guadalupe. También hay referencias a la portada del álbum Animals de Pink Floyd y a La Rebelión en la Granja, novela de George Orwell.

Fue nombrada por la revista Rolling Stone como el segundo mejor filme de la década solo detrás de There Will be Blood (Paul Thomas Anderson, 2007), y nominada a los premios Oscar por mejor guión adaptado, mejor montaje y mejor fotografía.

 
Gravedad

La última entrega de Cuarón es una cinta de ciencia ficción y suspenso, visual y técnicamente impresionante.

El guion fue escrito por el propio Cuarón en colaboración con su hijo Jonás. Además, vuelve a hacer mancuerna con el “Chivo”, Emmanuel Lubezki en la fotografía (trabajo por el cual seguramente recibirá su sexta nominación al Oscar). La película abrió la última edición del Festival de Cine de Venecia.

La cinta puede verse, aunque en mi opinión se queda corta, como un discurso filosófico sobre la soledad y el vacío provocado por la pérdida;  acerca de la esperanza,  y el reencuentro con uno mismo; sobre cómo, después de  la tragedia (el personaje de George Clooney perdido en el espacio), la doctora Stone renace para superar tanto la pérdida de su pequeña hija años atrás, como la adversidad de encontrarse sola en el espacio, y enfrentar el reto que significará regresar a su planeta. Una metáfora del vacío existencial en el que está inmersa la humanidad, con un progreso tecnológico impresionante que, paradójicamente, nos ha alejado de las personas.

En la película  se oye una conversación que sostiene la dra.  Ryan Stone (Sandra Bullock) con un pescador groenlandés llamado Anningaaq que intercepta una de sus transmisiones. Cuarón  filmó el cortometraje Aningaaq, que presenta la conversación desde la perspectiva del pescador.[]

En mi opinión es una de las dos mejores películas del espacio (la otra, adivinaron, es 2001, Odisea del Espacio (Stanley Kubrick. 1968),  y será ganadora de varios premios Oscar.

Además, con Gravedad, Cuarón nos regresa el cine que hay que ver en el cine; en las grandes pantallas (como en los cines de antaño; Paris, Roble, Latino), sustituidas hoy por los grandes formatos como el IMAX.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Alfonso Cuarón (Parte 2)

Y Tú Mamá También

En su siguiente película, Y tu Mamá También (2001), Cuarón  filma un guión escrito por él mismo y su hermano Carlos. En este drama juvenil erótico protagonizado por Diego Luna,  Gael García Bernal y la actriz española Maribel Verdú, Cuarón vuelve a enfrentar (como en Grandes Esperanzas) personajes de distintos estratos sociales en una apología a la amistad cultivada por Tenoch y Julio desde niños y cortada abruptamente por los prejuicios machistas (en una escena se besan en la boca y en la siguiente amanecen en la misma cama, juntos, desnudos), o por la incapacidad de fundamentarla en algo más que el desmadre.
 Cuarón hace un guiño a la historia de México con los apellidos de sus personajes: Huerta, Zapata, Carranza, Morelos, Iturbide y,  en una metáfora a la historia de la conquista, el personaje de Maribel Verdú, español y de apellido Cortés, conquista no solo a los jóvenes, sino también su libertad a través de su huída con los adolescentes, y aun a través de su trágica muerte por cáncer. En la escena de la boda, aparece Jorge Vergara (dueño de las Chivas del Guadalajara y socio de Cuarón en Anhelo Producciones) como el presidente, aunque solo se ve de espaldas
Fue nominada al Oscar por mejor guión original.

Harry Potter y el Prisionero de Azkabán (2004)

 Alfonso Cuarón llega a la franquicia de Harry Potter gracias, por un lado, a la recomendación y aliento de Guillermo Del Toro, quien se negó a dirigir la tercera parte de la saga (“Yo dirijo a mis propios monstruos”), y por otro, a su trabajo con niños y adolescentes en La Princesita y en Y tú Mamá También, cintas  que fueron del agrado de la autora de los libros del famoso mago.

Cuarón se concentró en abordar el tema de la adolescencia, en la maduración psicológica y sexual de los protagonistas, y en la búsqueda de identidad propia de esa etapa. Logra darle un toque de humor, así como un tono más oscuro a la historia, lo cual fue alabado por la crítica. Para la autora J. K. Rowling fue, en su momento, su adaptación favorita.

Cuarón no se resistió a dejar su sello mexicano en la película. En la escena de la tienda de dulces Honeydukes, se pueden ver cientos de calaveritas de azúcar; al dejar a Harry y Hermione después de liberar a Sirius Black se escucha a Dumbledore tararear La Raspa, canción tradicional mexicana, y hay una fuente con águilas devorando serpientes en el patio de entrada del castillo

Recibió 2 nominaciones a los premios Oscar por mejor banda sonora y mejores efectos especiales.


Parc Monceau. Segmento de Paris, Je t’aime

En 2005  Cuarón fue invitado a filmar uno de los 18 cortometrajes que integran la cinta. Junto con otros 17 destacados directores de distintas nacionalidades,  las historias tienen como fondo los diferentes distritos de la ciudad de Paris. Abordan las distintas manifestaciones del amor. Amor filial, amor perdido, amor perverso, amor cruel, amor feliz, son algunas de las variaciones que sobre el tema tratan las historias a través de encuentros, reencuentros, separaciones, etc.

Con una duración de casi cinco minutos, esta filmada en una sola toma continua y sin ‘close ups’. Un hombre mayor y una joven mujer se encuentran y recorren una calle mientras conversan. Al pasar por una tienda de videos, se pueden ver en la ventana varios carteles de películas de otros directores de Paris, je t'aime. Eventualmente se revela que son padre e hija.

martes, 29 de octubre de 2013

Alfonso Cuarón (Parte 1)


Soy fan de Alfonso Cuarón desde que vi su primera película. Les presento un recuento de su trabajo  con algunos comentarios y opiniones.

Vengeance is Mine

Cortometraje de cine negro realizado durante su estancia en  Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC), junto a Luis Estrada (La Ley de Herodes, EL Infierno) y Emmanuel Lubezki. Dice la leyenda urbana que el haberlo realizado en inglés, les valió la expulsión de dicha institución.

Solo con tu Pareja

Con guión de su hermano Carlos y personajes construidos impecablemente, fue estrenada en 1991. Es una comedia fresca que toca el tema del SIDA y en la cual Cuarón rehúye hábilmente el mensaje moralista que yo esperaba (la producción recibió patrocinio de CONASIDA).

Destacan las referencias a dos series que fueron fundamentales en la infancia de nuestra generación: Señorita Cometa y Ultraman, así como la pareja de japoneses que se la pasan dando flashazos a diestra y siniestra. En la escena del avión que incluye a un mariachi cantando opera, un luchador enmascarado, una monja y una gallina, se adivina un homenaje al cine surrealista de Luis Buñuel.

Cuarón revela, desde ésta, su Ópera Prima, su destreza para la  puesta en escena, la dirección de actores, así como para rodearse de gente de gran talento. En esta cinta colaboran dos fotógrafos que serían nominados al Oscar por trabajos posteriores: Emmanuel Lubezki, “El Chivo” (La Leyenda del Jinete Sin Cabeza, El Árbol de la Vida) y Rodrigo Prieto (Secreto en la Montaña, Argo).

La Princesita

Su siguiente película, La Princesita (1995), []ganó en el mismo año, el premio de Los Angeles Film Critics Association Awards y estuvo nominada al Oscar al año siguiente por mejor fotografía y mejor dirección artística.

 Basada en la novela A Little Princess de  Frances Hodgson Burnett, es un remake de la película homónima  de  1939 protagonizada por Shirley Temple.

Aquí,  Cuarón nos habla de la fuerza de la amistad, y la magia transformadora de la generosidad y el agradecimiento.

Acompañado otra vez de Emmanuel Lubezki en la fotografía, Cuarón nos muestra aquí su habilidad para la crear atmósferas (la película es visualmente deslumbrante) y para dirigir actores infantiles. La cinta también significó su entrada a las grandes ligas del cine en Hollywood.

Grandes Esperanzas

En su tercera entrega, Grandes Esperanzas (1998), Cuarón dirige otra adaptación literaria, esta vez de la novela homónima de Charles Dickens y se da el lujo de dirigir a grandes estrellas como Ethan Hawke, Gwyneth Paltrow, Anne Bancroft, Robert De Niro y Hank Azaria.

Cuenta la historia de un joven de clase media baja llamado Finn, quien de niño se enamora de una niña rica llamada Estella a la vez que  la convierte en la inspiración para sus dibujos. En Nueva York  Finn se convierte en un famoso pintor gracias a la ayuda de un misterioso benefactor y lucha por el amor de Estella. Destaca el soundtrack y las tonalidades en verde que utiliza “El Chivo” Lubezki en la fotografía.